— ¡Ah! ¿Es usted el señor Borie? En este caso ya es distinto. Le está esperando.

Desde el fondo del pasillo, una profunda voz de bajo gritó:

— ¿Qué hay, Magdalena? ¿Quién está ahí?

— ¡Soy yo, Seva! — respondí.

— ¡Entra, pardiez!

Con grandes zancadas llegó a mí, casi me desmontó el brazo con su apretón de manos, me hizo doblegar con una palmada en la espalda — ¡y yo había jugado al rugby! — , y en lugar de conducirme en seguida a su despacho, como de costumbre, me llevó nuevamente a la puerta.

— ¡Qué hermoso día! — exclamó con énfasis —. ¡Luce el sol, y llegas tú! A decir verdad, no te esperaba hasta la noche, con el autobús.

— He venido con mi coche. ¿Acaso te estorbo?

— ¡No, no, de ninguna manera! Estoy encantado de verte. ¿Qué es de tu vida? ¿Cómo va vuestra nueva pila?

— ¡Chist, misterio! Va sabes que no puedo hablar de eso.

— Bueno, bueno ¡atomista misterioso! A propósito, os doy las gracias por vuestro último envío de isótopos radiactivos. Me sirvieron de mucho. Pero ya no os molestaré más con esto. He encontrado algo mejor.

— ¿Y qué es ello? — pregunté extrañado.

— ¡Chist, misterio! No debo hablar.

En el interior, detrás de nosotros, hubo un suave ruido de pasos, y, por una puerta entreabierta, creí distinguir una esbelta silueta femenina. Sin embargo, que yo supiera, Clair era soltero y sin compromiso.

El comprendió sin duda la dirección que seguían mis ojos y, cogiéndome por el brazo, me hizo dar la vuelta.

— Desde luego no has cambiado nada. Siempre el mismo. ¡Vamos adentro!

— Siento no poder devolverte el cumplido. ¡Tú has envejecido!

Su despacho, que yo conocía muy bien, estaba vacío, pero en el aire flotaba un débil y agradable perfume que me sorprendió. Clair se dio cuenta, y, anticipándose a cualquier pregunta, dijo;



2 из 176