
— Sí, hace unos días tuve la visita — profesional desde luego — de una célebre actriz, y su perfume aún persiste. ¡Es extraordinario lo que progresa la química!
Empezamos a hablar de mil cosas. Le enteré de la muerte de mi madre y con sorpresa le oí decir:
— Eso está bien.
— ¡Cómo, que está bien! — dije apenado.
— No, hombre, quise decir: ahora comprendo por qué me has tenido sin noticias estos últimos tiempos. Entonces, ¿estás solo en el mundo ahora?
Asentí.
— Pues bien. Es posible que te haga una proposición muy interesante. De momento no es más que un proyecto. Ya te hablaré de ello esta noche.
— ¿Y tu laboratorio? ¿Cómo va?
— ¿Quieres verlo? Ven.
El laboratorio, construido después de mi última visita, cuatro años antes, era una amplia habitación con grandes ventanales, más larga que ancha, y ocupaba toda la parte trasera de la casa. Me detuve en la puerta y di un silbido de admiración. Lo recorrí, fijándome, al paso, en el micromanipulador, el corazón artificial. En una pieza contigua había un enorme generador de rayos X. En el centro del laboratorio, una tela ocultaba a medias un aparato.
— ¿Y eso? — pregunté.
— No es nada. Todavía no está a punto. Una prueba…
— No sabía que construyeras nuevos aparatos. Oye, como físico, tal vez pueda ayudarte.
— Ya veremos. Más tarde. De momento prefiero no hablar de eso.
— Como quieras — dije un poco molesto —. Si te estalla en las narices…
Sonó el timbre de la puerta. — ¡Mecachis! Magdalena ha salido. Tendré que ir yo mismo.
Ya solo, me acerqué al misterioso aparato y levanté, indiscreto, la tela. Quedé estupefacto. En vez del lío que esperaba, me encontré ante un maravilloso ajuste de tubos metálicos y de cristal, válvulas opacas y transparentes, empalmes de hilos. Sobre múltiples cuadrantes, extrañas agujas bífidas señalaban graduaciones cuyo significado se me escapaba. Estoy acostumbrado a toda clase de aparatos científicos e incluso en mi laboratorio utilizamos algunos bastante complicados. Pero debo reconocer que nunca había visto nada parecido a aquello.
