El alcalde le observaba, escéptico:

— ¿Estás seguro de que no has empinado demasiado el codo, hoy? ¿Tal vez exceso de vino, o de ron?

— No, no, señor alcalde; apenas he bebido un par de litros de tinto en la comida, como todo el mundo.

— No sé. ¿Qué le parece, doctor?

Intente ganar tiempo y mentí sin escrúpulos:

— Desde luego, por poco averiado que tenga el hígado, dos litros son más que suficientes para este hombre. Tiene fama de borracho y el deliriam suele producir visiones de elefantes rosa, más que diablos verdes, pero nunca se sabe…

— Bueno, bueno. Ve a verme dentro de una hora en el Ayuntamiento. Ahora tengo que estar por asuntos más importantes que tus diablos.

Le Bousquet salió, moviendo la cabeza. Entonces el alcalde dijo:

— Evidentemente, aunque no se tambalee, está beodo. Diablos. ¡Habrase visto! Además, en todo caso es asunto del párroco, no mío.

Con el pensamiento lejos, asentí con la cabeza. ¿Cómo podía, sin ofenderle, dejar plantado al alcalde para avisar a mis «amigos»?

En realidad, no hubo manera. Tuve que discutir punto por punto la cuestión que nos ocupaba y no se marchó hasta las seis.

Salí inmediatamente y me fui a Rout'fignac. En la plaza se habían formado numerosos grupitos. Le Bousquet había hablado, y la noticia se difundía a cada minuto. Ya se hablaba de 200 diablos echando fuego por la boca. De momento, esto no me inquietó, pues nadie pensaba en ir a comprobar los hechos. El crepúsculo estaba dejando paso a la noche, el viento soplaba y parecía que iba a llover. Dejé Rout'fignac y tomé la carretera que conducía al bosque. Un kilómetro más lejos tuve que frenar. La luz de mis faros iluminó a una docena de labradores en quienes reconocí a mis habituales compañeros de caza. Todos llevaban escopetas. Paré.



20 из 176