— Sí, señor alcalde. Diablos. Los he visto.

— ¿Ah, sí? ¿Y a qué se parecen tus diablos?

— Parecen hombres. Hombres verdes. Y, además, también hay «diablas».

— A ver, explícate. ¿Cómo los has visto?

— Pues bien; me estaba paseando por el bosque, no lejos del claro. Oí el ruido de una rama al romperse, pensé que era un jabalí, cogí mi escopeta…

— ¡Ah. ¿Conque te paseabas con la escopeta, eh? Supongo que no tienes permiso.

— Hem…

— Vamos a dejarlo. Pasemos a tus diablos.

— Bueno, pues, cogí mi fusil, me volví y me encontré cara a cara con una diabla.

— ¡Caramba! ¿Era bonita?

— No estaba mal, ¡pero con la piel verde! Con el susto se me disparó la escopeta. No la toqué, pues el cañón apuntaba al suelo, pero tuvo miedo, hizo un gesto con la mano, y me encontré en el suelo como si hubiera recibido un puñetazo. Me dio la espalda y se puso a correr. Me levanté, furioso, y la perseguí. Corría más que yo y la perdí de vista. Llegué a unos 20 metros del claro ¡y me di de cabeza contra un muro!

¿Cómo puedo ser? ¡Si no hay ningún muro! ¡Conozco ese claro como la palma de mi mano!

— No me debo explicar, señor alcalde. Se muy bien que no hay ningún muro, pero era lo mismo. No podía adelantar. Además, los árboles estaban inclinados como si soplara el viento y sin embargo no lo había. >

Yo pensaba en mi propia experiencia y comprendí fácilmente el estupor de Le Bousquet.

— Como le digo, no pude dar un paso. Mire más allá de los árboles y vi a unos diez diablos atareados alrededor de una gran máquina que brillaba como la tapadera de un enorme puchero. Entraban y salían por una puerta. Reconocí a la «diabla» hablando con un diablo, pero estaba demasiado lejos para oír lo que decía. Entonces, lodos me miraron y se rieron. En aquel momento, algo cayó sobre mí sin que yo lo viera y fui rodando por la maleza cien metros más allá del claro. He corrido hasta la carretera y aquí estoy para avisarle.



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