

Marc Levy
Los hijos de la libertad
Traducción de Julia Alquézar
Título original: Les enfants de la liberté
Primera edición: junio de 2008
«Me gusta el verbo "resistir". Resistir a lo que nos aprisiona, a los prejuicios, a los juicios precipitados, a las ganas de juzgar, a todo lo que es malvado en nosotros y que sólo quiere expresarse, a las ganas de abandonar, a la necesidad de quejarse, a la necesidad de hablar de uno mismo en detrimento del otro, a las modas, a las ambiciones malsanas, al desconcierto ambiente. Resistir, y… sonreír.»
Emma Dancourt
Para mi padre,
para su hermano Claude,
y para todos los hijos de la libertad.
Para mi hijo,
y para ti, amor mío.
Mañana te querré, hoy todavía no te conozco. Empecé a bajar la escalera del viejo inmueble en el que vivía, con el paso un poco apresurado, lo confieso. En la planta baja, con la mano apoyada en la barandilla, noté el olor de la cera de abeja que la portera aplicaba metódicamente hasta la esquina del segundo rellano los lunes, y, hasta los últimos pisos, los jueves. A pesar de la luz dorada que bañaba las fachadas, el pasillo estaba húmedo por la lluvia de las primeras horas de la mañana. Aún no sabía nada sobre esos pasos ligeros, lo ignoraba todo de ti, que me ibas a ofrecer, algún día, el regalo seguramente más bello que la vida puede hacer a un hombre.
Entré en el pequeño café de la Rue Saint-Paul, todavía tenía algo de tiempo. En la barra éramos tres, unos pocos afortunados con tiempo esa mañana de primavera. Después, entró mi padre con las manos a la espalda; se apoyó en la barra sin llamar mi atención, con el toque de elegancia que lo caracterizaba. Pidió un café cargado y pude ver la sonrisa que disimulaba con dificultad.
