
Cogí el billete y por su mirada comprendí que ahora tenía que irme. Me puse la gorra, abrí la puerta del café y salí a la calle.
Υ
Cuando pasé por delante del escaparate, miré de reojo a mi padre, que seguía dentro del bar; me dedicó una última sonrisa y aprovechó también para señalarme que llevaba mal puesto el cuello.
En sus ojos había una urgencia que me llevaría años entender, pero, en aquel momento, me limité a cerrar los míos y a pensar en él y en la expresión de su rostro, que procuré grabar en mi memoria. Sé que mi padre estaba triste por mi partida, imagino que presentía que no volveríamos a vernos. No temía su muerte, sino la mía.
Ahora vuelvo a pensar en aquel momento en el Café des Tourneurs. Debe de necesitarse mucho valor para mandar a un hijo a una muerte segura, mientras uno se toma un café con achicoria justo a su lado, callarse y no decir «vete a casa inmediatamente y ponte a hacer los deberes».
Un año antes, mi madre se había ido a buscar nuestras estrellas amarillas a la comisaría. Para nosotros, era la señal del exilio y de que partíamos hacia Toulouse. Mi padre era sastre, y jamás cosería esa porquería sobre tela alguna.
Estamos a 21 de marzo de 1943, tengo dieciocho años, me he subido al tranvía y me dirijo a una estación que no figura en ningún mapa; voy a unirme a la Resistencia armada.
Hace diez minutos todavía me llamaba Raymond, en cuanto me he bajado de la línea 12 he pasado a llamarme Jeannot, alguien sin identidad. En aquel dulce momento del día, mucha gente de mi mundo no sabe lo que le va a pasar. Papá y mamá ignoran que, muy pronto, se les tatuará un número en el brazo; mamá no sabe que en un andén de estación la van a separar de aquel hombre al que quiere casi más que a nosotros.
