Émile había encontrado una pequeña buhardilla donde alojarse. Un día, según iba bajando, su portera se le abalanzó.

– Vuelva a subir rápidamente, están deteniendo a todos los judíos que están en la calle, la policía está por todas partes. Se han vuelto locos. Émile, sube a esconderte enseguida.

Ella le dijo que cerrara la puerta, que no respondiera a nadie que llamara, y que ella le subiría comida. Días más tarde, Émile salió sin su estrella. Volvió a la Rue Sainte-Marthe, pero en el apartamento de sus padres no quedaba nadie; ni su padre, ni su madre, ni sus dos hermanas pequeñas, una de seis años y la otra de quince, ni siquiera estaba allí su hermano, al que le había suplicado que se quedara con él y que no volviera al apartamento de la Rue Sainte-Marthe.

A Émile no le quedaba nadie; todos sus amigos estaban detenidos; dos de ellos, que habían participado en una manifestación en la Porte Saint-Martin, habían conseguido irse corriendo por la Rue de Lancry cuando soldados alemanes en moto habían disparado contra la multitud; pero finalmente los habían atrapado: acabaron fusilados ante un muro. Un conocido miembro de la Resistencia, llamado Fabien, mató al día siguiente a un oficial enemigo en el andén de metro de la estación Barbes como represalia, pero eso no había resucitado a los dos compañeros de Émile.

No, Émile ya no tenía a nadie, aparte de André, un camarada con el que había tomado algunas clases de contabilidad. Entonces fue a verlo, buscando ayuda. La madre de André le había abierto la puerta. Y cuando Émile le anunció que se habían llevado a su familia, y que estaba solo, cogió la partida de nacimiento de su hijo y se la dio a Émile, aconsejándole que abandonara París lo más rápido posible. «Haga lo que pueda, tal vez consiga un carné de identidad.» El apellido de André era Berté, y, como no era judío, el certificado era un salvoconducto que valía su peso en oro.



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