
Émile no es muy grande y detesta que digan que es pequeño. Hace ya un año que entró en la clandestinidad, y su actitud demuestra que se ha habituado por completo a la situación. Es tranquilo y esboza una sonrisa curiosa, como si nada tuviera importancia.
A los diez años había huido de Polonia por la persecución que sufrían los suyos. Con apenas quince años, mientras veía a los ejércitos de Hitler desfilar por París, Émile comprendió que los que habían querido arrebatarle la vida en su país habían llegado hasta allí para cumplir su asqueroso propósito. Siempre tiene sus traviesos ojos muy abiertos, y nunca puede cerrarlos completamente. Tal vez sea eso lo que le da esa curiosa sonrisa; no, Émile no es pequeño, sino más bien achaparrado.
Se salvó gracias a su portera. Hay que decir que en aquella Francia triste había caseras majas que pensaban de forma diferente, que no aceptaban que se matara a gente buena sólo porque su religión fuera diferente; mujeres que no habían olvidado que, fuera cual fuera su condición, un niño es sagrado.
El padre de Émile había recibido la carta de la prefectura que lo obligaba a ir a comprar las estrellas amarillas que debía coser en sus abrigos a la altura del pecho, para que se vieran bien, como decía el aviso. En aquella época, Émile y su familia vivían en París, en la Rue Sainte-Marthe, en el distrito X. El padre de Émile había ido a la comisaría de Avenue Vellefaux; como tenía cuatro hijos, le habían dado cuatro estrellas, más una para él y otra para su mujer. El padre de Émile pagó las estrellas y se fue a su casa, con la cabeza baja, como un animal al que habían marcado con un hierro al rojo. Émile se puso su estrella, y, al poco, empezaron las redadas. Sin duda, él se había rebelado y le había dicho a su padre que arrancara esa porquería, pero no había conseguido nada. El padre de Émile era un hombre que vivía dentro de la ley, y confiaba en aquel país que lo había acogido, donde las personas honradas no podían sufrir ningún daño.
