
Yo tampoco sé que, diez años más tarde, reconoceré en un montón de pares de gafas de cinco metros de altura, en el Museo de Auschwitz, la montura que mi padre se había guardado en el bolsillo de su chaqueta la última vez que lo vi en el Café des Tourneurs. Mi hermano pequeño, Claude, no sabe que voy a ir a buscarlo muy pronto y que, si no hubiera aceptado mi propuesta, no nos habríamos tenido el uno al otro para superar esos años y ninguno habría sobrevivido. Mis siete camaradas, Jacques, Boris, Rosine, Ernest, François, Marius y Enzo, no saben que morirán gritando «Viva Francia», casi todos con acento extranjero.
Mis ideas están confusas, y las palabras se me amontonan en la cabeza, pero, a partir de ese lunes al mediodía y durante dos años, el miedo marcará el ritmo al que mi corazón latirá; tuve miedo durante dos años, a veces todavía me despierto de noche con esa maldita sensación. Pero tú duermes a mi lado, mi amor, aunque yo todavía no lo sé. Así pues, aquí presento un pequeño retazo de la historia de Charles, Claude, Alonso, Catherine, Sophie, Rosine, Marc, Émile y Robert, mis compañeros españoles, italianos, polacos, húngaros y rumanos: los hijos de la libertad.
PRIMERA PARTE
Capítulo 1
Tienes que comprender el contexto en el que vivimos; el contexto es importante, por ejemplo, para una frase. Fuera de él, a menudo, su significado cambia, y en los años venideros, se sacarán muchas frases de contexto para hacer juicios parciales y condenar más fácilmente. Es una costumbre que no se perderá.
Durante los primeros días de septiembre, los ejércitos de Hitler habían invadido Polonia, Francia había entrado en la guerra y nadie, en lugar alguno, dudaba de que nuestras tropas consiguieran vencer al enemigo en las fronteras. Bélgica había quedado devastada al paso de las divisiones de los blindados alemanes, y, en pocas semanas, cien mil de nuestros soldados morirían en los campos de batalla del norte y del Somme.
