Habían sido los primeros testigos de los odios, de la intolerancia y de la pandemia que había infectado Europa, con su terrible cortejo de muertos y miseria. Todos sabían ya que la derrota sólo era el principio, lo peor estaba todavía por llegar. Pero ¿quién estaba dispuesto a prestar atención a los portadores de malas noticias? En la actualidad, Francia ya no los necesitaba, y los exiliados que venían del este o del sur eran detenidos e internados en los campos.

El mariscal Pétain no sólo se había rendido, sino que también iba a pactar con los dictadores de Europa, y en nuestro país, que se acomodaba alrededor de aquel anciano, se apresuraban a hacerlo el jefe del gobierno, ministros, prefectos, jueces, gendarmes, policías, militares, cada uno de los cuales trataba con más afán que el anterior de colmar sus terribles necesidades.

Capítulo 2

Todo empezó como un juego de niños, hace tres años, el 10 de noviembre de 1940. El lamentable Mariscal de Francia, rodeado por algunos prefectos con laureles de plata, iniciaba en Toulouse el periplo por la zona libre de un país que era prisionero, no obstante, de su derrota.

Era una paradoja extraña que aquellas multitudes desamparadas quedaran maravilladas al ver levantarse el bastón del Mariscal, el cetro de un antiguo jefe que había vuelto al poder trayendo un nuevo orden. Pero este nuevo orden de Pétain estaría definido por la miseria, la segregación, las denuncias, las exclusiones, las muertes y la barbarie.

Entre los que pronto formarían nuestra brigada, algunos conocían los campos de concentración donde el gobierno francés había hecho encerrar a todos los que tenían la mala suerte de ser extranjeros, judíos o comunistas. Y en los campos del suroeste, ya fueran Gurs, Argelès, Noé o Rivesaltes, la vida era abominable. Es evidente que quienes tenían allí amigos o familiares vivían la llegada del Mariscal como el último asalto a la poca libertad que nos quedaba.



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