Dado que la población estaba dispuesta a aclamar al Mariscal, debíamos dar la alarma, despertar a la gente de ese miedo tan peligroso que se apodera de las masas y las lleva a bajar la guardia y aceptar cualquier cosa, a callarse con la excusa cobarde de que el vecino hace lo mismo.


Para Caussat, uno de los mejores amigos de mi hermano pequeño, así como para Bertrand, Clouet o Delacourt, es impensable quedarse de brazos cruzados o callarse, y el siniestro desfile que va a tener lugar en las calles de Toulouse será el escenario para hacer una declaración magistral.

Lo que importa hoy es que palabras llenas de verdad, de valor y de dignidad lluevan sobre el cortejo. Aunque el texto esté torpemente escrito, denuncia lo que debe denunciarse; y aparte de eso, poco importa lo que diga o no diga. Está todavía por ver cómo tirar las octavillas sin ser detenidos de inmediato por las fuerzas del orden.

Pero los compañeros lo tienen todo muy bien pensado. Horas antes del desfile, cruzan la Place Esquirol. Van cargados de paquetes. Hay presencia policial, pero ¿quién se preocupa de unos adolescentes de aspecto inocente? Por fin, llegan al lugar indicado, un edificio en la esquina de la Rue de Metz. Entonces, los cuatro se cuelan dentro del patio de luces del edificio y suben hasta el tejado con la esperanza de que no haya ningún vigía. No hay moros en la costa, y la ciudad se extiende a sus pies.

Caussat monta el mecanismo que sus compañeros y él han inventado. En el borde del tejado, hay una tablilla apoyada sobre un pequeño caballete, que funcionará como un columpio. A un lado, colocan la pila de octavillas escritas a máquina; en el otro, una garrafa llena de agua. En el fondo del recipiente hay un pequeño agujero por donde caen gotas de agua, mientras ellos están ya de vuelta en la calle.



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