Procuraba mantenerla bajo control, consciente de que si le daba rienda suelta, existía el peligro de que lo consumiera todo a su paso, incluso a él mismo. Quizás en aquella época esa clase de rabia no era ajena a muchos de sus hermanos y hermanas: era un negro atrapado en los ritmos y rituales de un mundo de blancos, en un pueblo donde a él y aquellos como él no se les permitía andar por la calle después de ponerse el sol. El resto del mundo estaba cambiando, pero no aquel condado, ni aquel pueblo. Allí los cambios llegarían más despacio. A decir verdad, tal vez nunca llegasen, no del todo, pero eso incumbiría a otros, no a Errol Rich. Para cuando algunos empezaron a hablar de derechos en voz alta, sin miedo a represalias, Errol Rich ya no existía, no de una forma identificable para aquellos que lo conocieron. Su vida se había extinguido años antes, y en el momento de su muerte sufrió una transformación: Errol Rich abandonó este mundo y en su lugar apareció el Hombre Quemado, como si aquel fuego interior hubiese encontrado por fin la manera de aflorar en vivas tonalidades de rojo y amarillo, estallando desde dentro para devorar su carne y consumir su conciencia anterior, y así todo su ser quedó reducido a lo que en otro tiempo había sido una parte oculta de él. Quizás otros acercaran a su cuerpo la antorcha o vertieran la gasolina que lo empapó y cegó en sus últimos momentos, pero Errol Rich ya ardía entonces, incluso mientras, colgado de un árbol, les pedía que le ahorraran el suplicio final. Siempre había ardido, y al menos en ese sentido derrotó a los hombres que le quitaron la vida.

Y, a partir de su muerte, el Hombre Quemado acechó los sueños de Louis.

Louis recuerda cómo sucedió: una discusión con unos blancos. Por alguna razón, esas cosas a menudo empezaban así. Los blancos creaban las reglas, pero las reglas cambiaban una y otra vez. Eran inestables, venían definidas por las circunstancias y la necesidad, no por unas palabras plasmadas en un papel.



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