Lo más extraño del caso, pensaría Louis más tarde, era que los blancos que mandaban en el pueblo siempre negarían ser racistas. «No odiamos a la gente de color», decían, «simplemente nos llevamos mejor con ellos cuando no se mezclan con nosotros.» O: «Si vienen al pueblo de día, bienvenidos sean, pero no conviene que pasen aquí la noche. Tanto por su seguridad como por la nuestra». Es curioso. Por aquel entonces era tan difícil como ahora encontrar a alguien dispuesto a admitir que era racista. Al parecer, incluso los racistas se avergonzaban, en su mayoría, de su propia intolerancia.

Con todo, algunos lucían dicho epíteto como una insignia de honor, y en el pueblo también los había. Según contaban, el problema empezó cuando un grupo de lugareños lanzó una pesada jarra llena de orina contra el parabrisas agrietado de la furgoneta de Errol, y él reaccionó en consonancia. Aquel genio vivo suyo, aquella furia reprimida en su interior, entró en erupción y, en represalia, lanzó un grueso tablón contra la cristalera del bar de Little Tom. Eso bastó para que aquellos blancos actuaran contra Errol, eso y el miedo a lo que él representaba. Era un negro que hablaba mejor que la mayor parte de los blancos del pueblo. Tenía una furgoneta. Sabía reparar cosas -radios, televisores, aparatos de aire acondicionado, cualquier artefacto eléctrico-, y sabía repararlas mejor que nadie y por menos dinero, con lo cual incluso quienes no le permitían pasearse por las calles del pueblo de noche lo dejaban entrar de día en sus casas gustosamente para que les arreglase los electrodomésticos, aun cuando, después, algunos ya no se sentían tan cómodos en sus salas de estar, a pesar de que tampoco ellos eran racistas. Sólo que no les gustaba la presencia de extraños en su casa, en particular si eran extraños de color. Si le ofrecían agua para calmar la sed, se cuidaban de dársela en la taza de hojalata reservada para tal eventualidad, la taza barata en la que nadie más bebía, la taza guardada junto con los productos de limpieza y las brochas, de manera que el agua siempre tenía un ligero regusto químico.



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