Willie ni lo aprobó ni planteó objeción alguna. Él había cumplido, pero entendía que otros chicos no quisieran seguir sus pasos. Allá ellos con su conciencia; él, por su parte, la tenía muy tranquila. Algunos amigos suyos también habían servido en Vietnam, y todos habían vuelto a casa más o menos intactos. Uno había perdido un brazo por efecto de una granada escondida en una hogaza de pan, pero podría haber perdido mucho más. Otro regresó sin el pie izquierdo. Había pisado un cepo para osos, y el tobillo se le quedó atrapado entre las mordazas. Lo gracioso de esos cepos -gracioso si no tenías el pie en uno de ellos- era que para abrirlos se necesitaba una llave, y entre el material que uno llevaba en la mochila no se encontraban llaves de cepos para osos. El cepo estaba encadenado a una losa de hormigón enterrada, y por lo tanto la única manera de trasladar al soldado herido a lugar seguro era excavar todo el dispositivo, a menudo bajo fuego enemigo, y transportarlo así al campamento, donde esperaba un médico, junto con un par de hombres provistos de sierras de arco y soldadores.

Los dos habían abandonado ya este mundo. Habían muerto jóvenes. Willie asistió a sus funerales. Ellos habían abandonado este mundo, pero él seguía aquí.

Sesenta años, treinta y cuatro de ellos en el mismo oficio, la mayor parte en el mismo local. Después del servicio militar, la seguridad de su existencia se había visto amenazada sólo una vez. Fue durante el divorcio, cuando su mujer le reclamó la mitad de todos sus bienes y él tuvo que hacer frente a la posibilidad de que lo obligaran a vender su querido taller mecánico a fin de satisfacer sus exigencias. Si bien el flujo de reparaciones era constante, había poco dinero en el banco y Queens en general no era como es ahora. Por aquel entonces el barrio no se había aburguesado, no se veían coches caros, de solteros incapaces de ocuparse ellos mismos de su mantenimiento. La gente aún apuraba sus coches hasta que se les caían las ruedas, y entonces recurrían a Willie para buscar la manera de sacarle otros tres, seis o nueve meses, sólo hasta que las cosas mejorasen, hasta disponer de un poco de efectivo.



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