
Vietnam: de su época en Vietnam, Willie no regresó con cicatrices, ni físicas ni psicológicas, al menos no hasta el punto de darse cuenta. Había desembarcado en marzo de 1965, miembro de la Tercera División de infantería de marina, con la misión de establecer enclaves en torno a aeródromos de vital importancia. Willie acabó en Chu Lai, a noventa kilómetros al sur de Da Nang, donde los SeaBees construyeron una pista de aluminio de mil quinientos metros en veintitrés días entre cactus y arenas movedizas. Seguía siendo una de las mayores proezas de la ingeniería bajo presión que Willie había presenciado.
Se alistó a los diecinueve años recién cumplidos. Ni siquiera esperó a que lo llamaran a filas. Su padre, que había llegado al país en los años veinte y servido en el ejército durante la segunda guerra mundial, le dijo que estaba en deuda con su patria, y Willie no lo puso en duda. Cuando volvió a casa, los amigos de su padre rompían cabezas en Wall Street y Washington Square Park para dar una lección de patriotismo a los melenudos.
