Sí, puede que ella no fuera precisamente una Lassie en el sentido de compañera fiel, pero eso llegó más tarde. Durante un tiempo fueron bastante felices. Él le pidió prestado un dinero a su suegro, alquiló un local en Queens, cerca del Kissena Park, y aplicó al mantenimiento y reparación de automóviles los conocimientos de mecánica que había perfeccionado en el ejército. Resultó que aquello se le daba aún mejor de lo que pensaba, tenía tanto trabajo que siempre estaba ocupado, con lo que al cabo de unos años contrató como ayudante a un individuo menudo, un escandinavo con el pelo hirsuto y la actitud de un perro de chatarrería. Al cabo de treinta años, Arno seguía a su lado y conservaba la actitud de perro de chatarrería, aunque al igual que esos perros, ahora tenía dolor de encías y le faltaba el vigor de antaño para corretear detrás de las hembras.

Vietnam: de su época en Vietnam, Willie no regresó con cicatrices, ni físicas ni psicológicas, al menos no hasta el punto de darse cuenta. Había desembarcado en marzo de 1965, miembro de la Tercera División de infantería de marina, con la misión de establecer enclaves en torno a aeródromos de vital importancia. Willie acabó en Chu Lai, a noventa kilómetros al sur de Da Nang, donde los SeaBees construyeron una pista de aluminio de mil quinientos metros en veintitrés días entre cactus y arenas movedizas. Seguía siendo una de las mayores proezas de la ingeniería bajo presión que Willie había presenciado.

Se alistó a los diecinueve años recién cumplidos. Ni siquiera esperó a que lo llamaran a filas. Su padre, que había llegado al país en los años veinte y servido en el ejército durante la segunda guerra mundial, le dijo que estaba en deuda con su patria, y Willie no lo puso en duda. Cuando volvió a casa, los amigos de su padre rompían cabezas en Wall Street y Washington Square Park para dar una lección de patriotismo a los melenudos.



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