
Cuando la madre de Louis se marchó por fin de la cabaña de Errol, estaba muy pálida y le temblaban los labios. Sabía lo que iba a ocurrir, y Errol Rich lo sabía también, al margen de lo que hubiese dicho Little Tom. Volvió a casa y lloró tanto que se quedó sin aliento y se desmayó sobre la mesa de la cocina. Fue entonces cuando la abuela Lucy decidió darle algo para aliviar su sufrimiento, y por eso la madre de Louis dormía mientras prendían fuego al hombre a quien amaba.
Esa noche el cobertizo no abrió y los negros que trabajaban en el pueblo se marcharon mucho antes del anochecer. Se quedaron en sus casas y en sus chozas, cerca de sus familias, y nadie habló. Las madres velaron a los niños mientras dormían, o sujetaron de la mano a sus hombres por encima de mesas desnudas o sentadas junto a chimeneas vacías y estufas apagadas. Aquello se veía venir, como se ve venir una tormenta por el calor que la precede, y todos habían huido, furiosos y avergonzados por su propia incapacidad para intervenir.
Y así esperaron la noticia de que Errol Rich había abandonado este mundo.
