Le aseguró que todo se arreglaría. Le explicó que había ido a ver a Little Tom para ofrecerle sus disculpas, y que le había pagado más de cuarenta dólares que a duras penas podía permitirse para reparar los daños y en compensación por los problemas ocasionados; Little Tom, malhumorado, había aceptado el dinero y le había dicho a Errol que lo hecho hecho estaba, y que le perdonaba el arranque de mal genio. A Errol le había dolido pagar ese dinero, pero quería quedarse donde estaba, vivir y trabajar con personas por quienes sentía simpatía y respeto. Y amor. Eso le dijo a la madre de Louis, y eso le contó a él su tía muchos años después. Le explicó que Errol y la madre de Louis hablaron agarrados de la mano, que salieron al aire fresco para disfrutar de un poco de intimidad.

Cuando la madre de Louis se marchó por fin de la cabaña de Errol, estaba muy pálida y le temblaban los labios. Sabía lo que iba a ocurrir, y Errol Rich lo sabía también, al margen de lo que hubiese dicho Little Tom. Volvió a casa y lloró tanto que se quedó sin aliento y se desmayó sobre la mesa de la cocina. Fue entonces cuando la abuela Lucy decidió darle algo para aliviar su sufrimiento, y por eso la madre de Louis dormía mientras prendían fuego al hombre a quien amaba.

Esa noche el cobertizo no abrió y los negros que trabajaban en el pueblo se marcharon mucho antes del anochecer. Se quedaron en sus casas y en sus chozas, cerca de sus familias, y nadie habló. Las madres velaron a los niños mientras dormían, o sujetaron de la mano a sus hombres por encima de mesas desnudas o sentadas junto a chimeneas vacías y estufas apagadas. Aquello se veía venir, como se ve venir una tormenta por el calor que la precede, y todos habían huido, furiosos y avergonzados por su propia incapacidad para intervenir.

Y así esperaron la noticia de que Errol Rich había abandonado este mundo.



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