Mientras los demás bebían matarratas o, como seguía llamándolo la abuela Lucy, «zumo de tembleque», la madre de Louis tomaba un refresco y Errol se mantenía fiel a la cerveza. Aunque sólo una o dos. Según acostumbraba decir, nunca fue muy aficionado a la bebida, y no le gustaba olería en el aliento de los demás a primera hora de la mañana, y menos en un trabajador, si bien nada más lejos de sus intenciones que vigilar los placeres de los demás, eso sí que no.

Las noches cálidas de verano, cuando el zumbido de los saltamontes vibraba en el aire y los mosquitos, atraídos por la embriagadora mezcla de sudor y azúcar, se alimentaban de los hombres y mujeres presentes en el club, y cuando la música sonaba a tal volumen que sacudía el polvo del techo y la concurrencia se distraía con el ruido y el perfume y el movimiento, Errol Rich y la madre de Louis ejecutaban su lento baile, ajenos a los ritmos circundantes, atentos sólo a los latidos de sus propios corazones, sus cuerpos tan juntos que, al final, esos corazones latían al unísono y eran una sola persona, los dedos entrelazados, las palmas de sus manos deslizándose, húmedas, una contra otra.

Y a veces les bastaba con eso, y a veces no.


El señor Errol siempre le daba a Louis una moneda de veinticinco centavos cuando sus caminos se cruzaban. Hacía algún comentario sobre lo alto que estaba Louis, el buen aspecto que tenía, lo orgullosa que debía de sentirse su madre de él.

Y Louis, sin saber por qué, pensaba que el señor Errol también se enorgullecía de él.


La noche en que Errol Rich murió, Lucy, la abuela de Louis, la matriarca de la casa de mujeres donde Louis se crió, le dio a la madre de éste bourbon y una dosis de morfina para ayudarla a dormir. La madre de Louis llevaba toda la semana llorando, desde el momento en que se enteró de lo sucedido entre Errol y Little Tom. Tiempo después a Louis le contaron que ese mismo día a las doce de la mañana ella había ido a casa de Errol, con su hermana a rastras, y que le había suplicado que se marchase, pero Errol no estaba dispuesto a huir, otra vez no.



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