
«Lo siento. Dile que lo siento.»
Se le escapa casi todo lo que dice a continuación, envuelto en fuego. Sólo se distinguen dos palabras, y ni siquiera ahora Louis tiene la certeza de interpretarlas correctamente, de que el movimiento de esa grieta sin labios se corresponde de verdad con las palabras que cree, o quiere creer, que se pronunciaron.
«Hijo.»
«Hijo mío.»
Dentro de Errol Rich ardía un fuego, y algo de ese fuego pasó al niño en el momento de la muerte de Errol. Ahora arde dentro de él, pero si bien Errol Rich encontró la manera de negar su presencia, de moderar sus llamas hasta que al final, quizás inevitablemente, se propagó y lo destruyó, Louis lo ha hecho suyo. Lo mantiene vivo, y el fuego, a su vez, lo mantiene vivo a él, pero es un equilibrio delicado. El fuego tiene que ser alimentado para que no se alimente de él, y los hombres a quienes mata son los sacrificios que le ofrece. El fuego de Errol Rich era de un rojo intenso, abrasador, pero las llamas dentro de Louis arden blancas y frías.
«Hijo.»
«Hijo mío.»
De noche, Louis sueña con el Hombre Quemado. Y en algún lugar el Hombre Quemado sueña con él.
Primera parte
Ahora será abatido con mi flecha,
pues furioso estoy con él, y sus
vidas se han extinguido ya, y sin
duda la tierra beberá su sangre.
Ramayana, h. 500-100 a. de C.
1
Son tantos los asesinatos, tantas las víctimas, tantas las vidas perdidas y arruinadas a diario, que es difícil seguirles la pista a todos, es difícil establecer las relaciones que acaso permitieran cerrar los casos. Algunos son evidentes: el hombre que mata a su novia y luego se quita la vida, ya sea por los remordimientos o por la incapacidad para afrontar las consecuencias de sus actos; o los asesinatos ojo por ojo de matones, gánsteres, traficantes de droga, sucediéndose de manera inexorable uno tras otro en una espiral de violencia.
