
Pero hay otros asesinatos donde es más difícil descubrir la relación, donde los lazos entre unos y otros están oscurecidos por grandes distancias, por el paso de los años, por las sucesivas capas que van añadiéndose a este mundo, un mundo como una colmena, conforme el tiempo se pliega suavemente sobre sí mismo.
Este mundo como una colmena no esconde secretos: los almacena. Es el depositario de recuerdos enterrados, de actos medio olvidados.
En este mundo como una colmena, todo guarda relación.
El St. Daniil se hallaba en Brightwater Court, no lejos de los amplios clubes de Brighton Beach Avenue y Coney Island Avenue, donde parejas de todas las edades bailaban al ritmo de canciones en ruso, español e inglés, comían platos rusos, compartían vodka y vino y veían espectáculos que no habrían estado fuera de lugar en algunos de los hoteles más modestos de Reno o a bordo de un crucero, pero que sin embargo distinguían al St. Daniil (tan lejos de aquellos otros establecimientos) en muchos aspectos. El edificio donde se encontraba tenía vistas al mar y al paseo marítimo y sus tres principales restaurantes, el Volna, el Tatiana y el Winter Garden, ahora estaban rodeados de mamparas para resguardar a la clientela de la fresca brisa marina y de los aguijonazos de la arena. Cerca se hallaba la zona de ocio de Brighton, donde, durante el día, los ancianos se sentaban en torno a mesas de piedra a jugar a cartas mientras los niños retozaban cerca, los más jóvenes y los no tan jóvenes unidos en un mismo espacio. Nuevos bloques de apartamentos habían surgido al este y al oeste, parte de la transformación experimentada por Brighton Beach en años recientes.
