de voces al centro de la gran roseta de bronce y apoderarse de la fortuna encerrada allí, para desaparecer de inmediato.

La esbelta figura de antifaz negro se recostó contra la pared, de donde colgaban tapices bordados en oro y platino, y escuchó con atención. Primero, el ritmo de su extraño corazón; después, el mundo que lo rodeaba.

Desde el otro extremo de la habitación, distante unos seis metros, subía y bajaba el ronquido leve y complacido del conde Shey, psicólogo imperial a ratos, pero más famoso por sus riquezas y su diletantismo. Su amplio estómago debía estar lleno aún de faisán y borgoña cosecha 1986.

Los labios de Alar se curvaron amargamente bajo la máscara.

A través de la puerta cerrada a sus espaldas le llegaba el susurro de un mazo de barajas y las voces apagadas de los custodias personales de Shey, que llenaban el cuarto. No se trataba de siervos esclavos, privados de todo voluntad, sino de soldados duramente adiestrados, que recibían una excelente paga; todos eran muy veloces con la espada. Alar crispó inconscientemente la mano sobre la empuñadura de su propio sable; su respiración se hizo más rápida aún. Ni siquiera un diestro Ladrón como él podía hacer frente a seis de los guardias que Shey se costeaba. Sus últimos años de vida habían sido tiempo prestado; era una suerte que esta misión no involucrara derramamiento de sangre.

Silencioso como un gato, se deslizó hasta la puerta de bronce, mientras sacaba el pequeño cubo del saco que llevaba a la cintura. Sus dedos sensibles encontraron el centro de la roseta, donde se ocultaba la cerradura vocal. Al oprimir el cubo al frío metal percibió un leve chasquido; entonces sonaron las palabras grabadas en la aguda voz de Shey, casi inaudibles; les habían sido robadas una a una, día por día, en el curso de las semanas anteriores.

Volvió a guardar el cubo y aguardó.



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