
Nada.
Por un largo instante Alar permaneció inmóvil; sentía la garganta seca y los sobacos mojados. Quizá la Sociedad le había proporcionado una clave vocal fuera de uso o, había una variante insospechada.
Fue entonces cuando reparó en dos detalles. En primer lugar fue el ominoso silencio de la sala y del cuarto de los guardias. Pero además habían cesado los ronquidos provenientes de la cama. El instante siguiente se alargó, infinito, hacia su culminación.
Era evidente que la señal incorrecta había activado alguna alarma invisible. Aun mientras su cerebro trabajaba en frenética urgencia, imaginó por un momento el rostro duro y alerta de los quinientos policías imperiales, que ya habrían encaminado hacia esa zona los patrulleros a chorro.
Desde la sala le llegó un leve y vacilante arrastrar de sandalias. Comprendió al momento que los guardias estaban desconcertados por la posibilidad de que su intervención pusiese en peligro al amo. Pero no tardarían en gritar.
Llegó de un solo salto a la puerta que comunicaba el dormitorio con el cuarto de la guardia y la cerró violentamente con los cerrojos electrónicos. Al otro lado se alzaron voces coléricas.
– ¡Traigan una fresa a rayos! -gritó alguien. La puerta caería en poco tiempo.
Simultáneamente sintió un fuerte golpe en el hombro izquierdo y el dormitorio se iluminó súbitamente, Giró sobre sí, agachado, para observar fríamente al hombre que le había disparado desde la cama.
La voz de Shey era una extraña mezcla de somnolencia, alarma e indignación.
– ¡Un Ladrón! -exclamó, arrojando el revólver-. Estas armas no sirven de nada contra la pantalla que les rodea el cuerpo. Y aquí no tengo espada.
Y agregó, mientras se pasaba la lengua por los labios gordinflones, con una risita nerviosa:
– Recuerde que el código de los Ladrones prohíbe lastimar a un hombre indefenso. Mi bolsa está sobre la mesa de los perfumes.
