
En teoría, el hecho de que se tratara de una flor poco común en Suecia tendría que haberle facilitado el rastreo de su procedencia, pero en la práctica resultaba una tarea imposible. No había registros en los que buscar ni licencias que examinar. Nadie sabía cuántos botánicos o jardineros anónimos habrían intentado cultivar una planta tan delicada; podía tratarse de una sola persona o de centenares de aficionados que tuvieran semillas o plantas. Éstas quizá habían sido compradas personalmente o por correo a algún floricultor o jardín botánico de cualquier lugar de Europa. Incluso cabía la posibilidad de que se hubieran recogido directamente durante algún viaje a Australia. En otras palabras, identificar a esos cultivadores entre los millones de suecos con un pequeño invernadero o una maceta en la ventana del salón era una misión imposible.
Aquella flor tan sólo era una más de la larga serie de misteriosas flores que siempre llegaban en un sobre acolchado el 1 de noviembre. La especie variaba todos los años, pero siempre se trataba de flores hermosas y, en general, relativamente raras. Como de costumbre, la flor estaba prensada, puesta meticulosamente sobre un papel de acuarela y enmarcada con un cristal y un marco sencillo de 29 x 16 centímetros.
El misterio de las flores nunca llegó a ser conocido por los medios de comunicación ni por el público, sino tan sólo por un reducido círculo de personas.
