
El ex comisario era un perro viejo bastante curtido. Jamás se olvidaría de su primera intervención, que consistió en arrestar a un guardagujas ferroviario, completamente borracho, antes de que provocara una desgracia. Durante su carrera profesional había enchironado a cazadores furtivos, maltratadores de mujeres, estafadores, ladrones de coches y conductores ebrios. Había tratado con ladrones y atracadores, camellos, violadores y, por lo menos, con un dinamitero medio loco. Había participado en nueve investigaciones de asesinatos u homicidios. Cinco de ellos fueron el típico caso en el que el mismo homicida llama a la policía y, lleno de remordimientos, confiesa que ha matado a su mujer, a su hermano o a algún otro allegado. Tres casos llegaron a ser objeto de investigaciones más amplias; dos se resolvieron en el plazo de dos o tres días y uno, con la ayuda de la Brigada Nacional de Homicidios, al cabo de dos años.
El noveno caso había quedado resuelto desde un punto de vista policial; es decir, los investigadores sabían quién era el asesino pero las pruebas no eran determinantes, de modo que el fiscal decidió no presentar cargos. Al cabo de algún tiempo, para gran indignación del comisario, el caso prescribió. No obstante, al volver la vista atrás el comisario podía contemplar, en su conjunto, una impresionante carrera, razón por la cual debería sentirse satisfecho con lo que había conseguido.
