
Poco importaba que Mikael Blomkvist jamás hubiera usado su primer nombre, Carl -mucho menos su apodo Kalle-, ni firmado ningún artículo como Carl Blomkvist. Desde ese momento, para su propia desesperación, fue conocido entre sus compañeros de profesión como Kalle Blomkvist; un epíteto pronunciado con provocadora mofa, no con verdadera maldad, pero tampoco de manera muy agradable. Con todo el respeto para Astrid Lindgren, por mucho que le encantaran sus libros odiaba el apodo. Fueron necesarios varios años y méritos periodísticos de bastante más relevancia para que dejaran de llamarlo así. Y todavía se sentía incómodo cada vez que lo oía.
Así que sonrió serenamente y miró al reportero del vespertino a los ojos.
– Bah, invéntate tú algo. Siempre les pones mucha imaginación a tus textos.
El tono no resultaba, en absoluto, desagradable. Los peores críticos de Mikael no habían acudido y todos los allí presentes se conocían más o menos bien. Una vez colaboró con uno de ellos y en otra ocasión, en una fiesta, hacía ya algunos años, casi consiguió ligarse a «la de TV4».
– Te machacaron bien allí dentro -le soltó Dagens Industri, que, al parecer, había enviado a un joven suplente.
– Bueno, sí -reconoció Mikael. Difícilmente podría afirmar otra cosa.
– ¿Y cómo te sientes?
A pesar de lo tenso de la situación, ni Mikael ni los periodistas más veteranos pudieron evitar sonreír por la pregunta. Mikael intercambió una mirada con «la de TV4». Los periodistas serios siempre habían sostenido que esa pregunta -«¿cómo te sientes?»- era la única que los periodistas deportivos bobos eran capaces de hacer al deportista jadeante al otro lado de la meta. Pero acto seguido recobró la seriedad.
