
No pudiendo aguantar más, Mariam se acerca al extraño personaje.
– ¿Hay algo en esta comida que incomode a nuestro invitado?
El hombre no dice nada y aparta la mirada. Pattig interviene:
– Nuestro huésped no puede comer estos alimentos.
Mariam contempla la mesa con desolación.
– ¿De qué alimentos hablas? Hay aquí tantas cosas diferentes. Platos cocinados con aceite, otros con grasa, otros asados o cocidos, carnes, verduras crudas e incluso pepinos. ¿Nuestro invitado no puede tocar nada de todo esto?
– No insistas, Mariam, vete, estás importunando a nuestro huésped.
– ¿Y tú, Pattig, no tienes hambre después de haber caminado?
Con un movimiento de la mano, su marido repite el mismo gesto de alejamiento que hizo al llegar y añade:
– Llévate todo esto, Mariam, ni él ni yo tenemos hambre, no deseamos ningún alimento. ¿No puedes dejarnos solos?
Mariam no ha esperado a salir de la habitación para estallar en sollozos. Corre hacia su cuarto sujetándose el vientre como si éste fuera a rodar a sus pies. La anciana Utakim, su sirvienta, su única amiga, que se ha apresurado a reunirse con ella, la encuentra sentada en el suelo aturdida, respirando agitada y quejumbrosamente.
– Entonces es verdad lo que dicen de los hombres; ¡basta un maleficio, un encuentro, un elixir, para que su amor aparezca, para que su amor se vaya!
Utakim ha visto nacer a Mariam. Cuando su madre murió de parto, fue ella quien la amamantó, y la víspera de su boda, fue ella quien la vistió y la maquilló. ¿Quién mejor que ella podría consolarla?
– Ya conoces a tu hombre; en cuanto una idea le preocupa, se olvida de comer, comienza a palidecer, a adelgazar, como si estuviera enamorado. ¿Acaso no sabes que es así? Hoy tiene a ese visitante y se alimenta de sus palabras, pero mañana lo habrá olvidado y será de nuevo un amante insistente, un padre impaciente. Así es como siempre ha sido y así es como lo has amado.
