La historia de Mani comienza al alba de la era cristiana, menos de dos siglos después de la muerte de Jesús. A las orillas del Tigris han quedado rezagados multitud de dioses. Algunos emergieron del Diluvio y de las primeras escrituras, otros vinieron con los conquistadores o con los mercaderes. En Ctesifonte, pocos fíeles reservan sus plegarias para un único ídolo, sino que van de templo en templo dependiendo de las celebraciones. Se acude al sacrificio de Mitra para merecer una parte del festín; luego, a la hora de la siesta, se busca un rincón de sombra en los jardines de Istar y, al final del día, se va a merodear por los alrededores del santuario de Nanai para acechar la llegada de las caravanas; es junto a la Gran Diosa donde los viajeros encuentran refugio para pasar la noche. Los sacerdotes los reciben, les ofrecen agua perfumada y luego les invitan a inclinarse ante la estatua de su bienhechora. Aquellos que vienen de lejos pueden dar a Nanai el nombre de una divinidad familiar; los griegos la llaman a veces Afrodita, los persas Anahíta, los egipcios Isis, los romanos Venus, y los árabes Allat; para todos es madre nutricia y su seno generoso huele a la cálida tierra roja regada por el río eterno.

No lejos de allí, sobre una colina que domina el puente de Seleucia, se yergue el templo de Nabu. Dios del conocimiento, dios de lo escrito, vela por las ciencias ocultas y visibles. Su emblema es un estilete, sus sacerdotes son médicos y astrólogos y sus fieles depositan a sus pies tablillas, libros o pergaminos que él acepta más gustoso que cualquier otra ofrenda. En los gloriosos días de Babilonia, el nombre de este dios precedía al de los soberanos, que por eso se llamaban Nabonasar, Nabopolasar, Nabucodonosor… Hoy, sólo los letrados frecuentan el templo de Nabu, el pueblo prefiere venerarle a distancia; cuando la gente pasa por delante de su pórtico para acudir ante otras divinidades, apresura el paso lanzando furtivas y temerosas miradas hacia el santuario, ya que Nabu, dios de los escribas, es también el escriba de los dioses, el único encargado de inscribir en el libro de la eternidad los hechos pasados y venideros.



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