
Los letrados se ríen de los temores de la multitud. Ellos, que aman la sabiduría más que el poder o la riqueza, más incluso que la felicidad, se jactan de venerar a Nabu más que a cualquier otro dios. El miércoles, día consagrado a su ídolo, se reúnen en el recinto del templo. Copistas, negociantes o funcionarios reales forman pequeños corros animados y locuaces que deambulan, cada uno según sus costumbres. Unos toman la avenida central y rodean el santuario para desembocar en el estanque oval donde nadan los peces sagrados. Otros prefieren la avenida lateral, más umbría, que lleva al cercado donde están encerrados los animales para el sacrificio. De ordinario, gacelas, corderos, pavos reales y cabritos andan sueltos por los jardines; sólo permanecen encerrados algunos toros y dos lobos cautivos; pero la víspera de las ceremonias, los esclavos que dependen del templo reúnen a los animales para dejar libres las avenidas y prevenir la caza furtiva.
Entre los paseantes del miércoles, se reconoce fácilmente a Pattig. Unas piernas enfundadas en un pantalón con forma de tubo, plisado a la moda persa, unos brazos delgados que revolotean bajo una capa de brocado y, coronando esta silueta endeble, envuelta en colores vivos, una cabeza que parece robada a una estatua de gigante: barba oscura abundante, rizada como un racimo de uvas, y cabellera espesa y esponjada, sujeta en la frente por una banda de sarga bordada con la insignia de su casta, la de los guerreros, que es sólo una reliquia, ya que Pattig no ejerce ya ni la guerra ni la caza. En sus ojos se ha apagado toda violencia y sus labios están constantemente agitados por un temblor, como si una pregunta, contenida durante mucho tiempo, se dispusiera a brotar.
