
Siento la boca súbitamente seca. Todos los años, la revista Forbes presenta una lista con las cuatrocientas personas más ricas de Estados Unidos. El año anterior, Tanner Drew ocupó el puesto cuatrocientos tres. No le gustó nada. De modo que este año está decidido a subir un puesto. O tres. Lamentablemente para mí, lo único que se interpone en su camino es una transferencia de cuarenta millones de dólares a su cuenta personal que nosotros, aparentemente, aún no habíamos realizado.
– Espere un segundo, señor, yo…
– No te atrevas a hacerme esp…
Pulso el botón de llamada en espera y aguardo. Un minuto más tarde espero oír la voz de Judy Sklar, la secretaria de Lapidus. Lo único que escucho es un mensaje grabado. Con el jefe en un retiro de socios durante el resto del día, no hay razón alguna para que ella esté en su despacho. Cuelgo y vuelvo a intentarlo. Esta vez voy directamente a DEFCON Uno. El móvil de Henry Lapidus. A la primera llamada, nadie contesta. Sucede lo mismo con la segunda. Cuando suena por tercera vez sólo puedo mirar la luz roja que parpadea en mi teléfono. Tanner Drew sigue esperando.
Vuelvo a comunicarme con él y cojo mi móvil.
– Estoy esperando que el señor Lapidus devuelva mi llamada -le explico.
– Hijo, si vuelves a dejarme esperando…
Cualquier cosa que esté diciendo, no le presto atención. En cambio, mis dedos se deslizan sobre mi móvil, marcando velozmente el número del busca de Lapidus. En el instante en que oigo el zumbido, introduzco mi extensión y añado el número «1822». La urgencia máxima: doble 911.
– … tra de sus patéticas excusas. ¡Lo único que quiero oír es que la transferencia se ha realizado!
– Lo entiendo, señor.
– No, hijo. No lo entiendes.
