
«Vamos», imploro, mirando fijamente mi móvil. «¡Suena!»
– ¿A qué hora salió la última transferencia? -grita desde el otro lado de la línea.
De hecho, nosotros cerramos oficialmente a las tres…
El reloj tic la pared marca las tres y cuarto.
… pero a veces podemos alargar el horario hasta las cuatro. -Como no responde, añado-. ¿Cuál es el número de cuenta y el banco al que se supone que debe ir?
Drew me da rápidamente todos los datos, que yo garabateo en una pequeña hoja amarilla de Post-it. Finalmente, añade:
– Oliver Caruso, ¿verdad? ¿Ése es tu nombre?
Su voz es suave y relajada.
– Sí, señor.
– De acuerdo, señor Caruso. Eso es todo lo que necesito saber.
Luego, cuelga. Miro mi móvil, que sigue mudo. Aún no hay respuesta.
Tres minutos más tarde va he llamado y he dejado mensajes en los buscas de todos los socios a quienes tengo acceso. Ninguno responde. Me quito el abrigo y me aflojo la corbata. Después de una rápida búsqueda en el Rodolex de nuestra red, encuentro el número del University Club, sede del retiro de los socios del banco. Cuando comienzo a marcar el número juraría que puedo oír los latidos de mi corazón.
– Está hablando con el University Club -responde una voz femenina.
– Hola, estoy buscando a Henry Lapi…
– Si desea hablar con la telefonista del club o con la habitación de un huésped, por favor pulse cero -continúa diciendo la voz grabada.
Pulso cero y otra voz mecánica dice:
– Todas las telefonistas están ocupadas… por favor, no cuelgue.
Cojo con más fuerza mi móvil y marco frenéticamente los números, buscando a alguien que tenga autoridad. Baraff… Bernstein… Mary en Contabilidad. Nada. Nada. Nada.
«Odio los viernes próximos a la Navidad. ¿Dónde demonios está todo el mundo?»
En mi oído, la voz mecánica de la mujer repite:
– Todas las telefonistas están ocupadas… por favor, no cuelgue.
