
Don Sebastián se interrumpió, vuelto hacia Lorencito, agitando delante de él el peluquín, con una expresión de ira que descomponía sus maduras y armoniosas facciones, ennoblecidas por la breve barba blanca, como preguntándole: “Pero hombre, ¿todavía no ha acertado usted a quién me refiero?”
– Perdone usted, don Sebastián, pero es que no caigo.
– Fíjese en ese ridículo caracolillo. Fíjese en la calidad lamentable del material, pelo sintético. Usted, que conoce a todo el mundo en esta ciudad, dígame si sabe de muchas personas capaces de llevar un peluquín así.
Lorencito Quesada, de repente, abrió mucho la boca y los ojos y estuvo a punto de pronunciar un nombre. Pero no era posible, no podía creerlo, aunque en estos tiempos, se decía a veces con desolación, puede creerse todo, hasta lo imposible. Él había visto ese peinado en la cabeza de alguien, había una frente célebre en la ciudad, y prácticamente en todo el mundo, sobre la que relucía aquel caracolillo. Él lo conocía, él se había honrado con su amistad y lo había entrevistado para Singladura… Afirmando tristemente con la cabeza bajó los ojos hacia el suelo, donde vio sus zapatones negros y algo polvorientos junto a las pantuflas exquisitas de don Sebastián Guadalimar.
– Matías Antequera, -dijo Lorencito, y agregó, como si recitara un eslogan-: El astro de la canción española.
Capítulo III
Preparativos de viajeAl oír el nombre de Matías Antequera don Sebastián Guadalimar apretó los dientes y movió con gravedad la cabeza, con un ademán parecido al del médico que confirma en silencio un diagnóstico terrible. Pero Lorencito Quesada, a pesar de la evidencia acusadora del peluquín y de las crudas palabras del magnate consorte, se negaba a creerlo. ¿Matías Antequera un profanador y un ladrón? ¿Matías Antequera, que ha paseado el nombre de nuestra ciudad, y el de España, por los mejores escenarios del mundo, incluidos los de Rusia, el Japón y las naciones hermanas de América? Desde su revelación en el programa televisivo Nuestros Valores Matías Antequera ha aparecido repetidas veces en la pequeña pantalla, y no hay bar de carretera en el que no se exhiban en lugar preferente sus cintas magnetofónicas.
