
– Eso. ¿Por qué? -Lorencito se arrepintió en seguida de haber dicho esas palabras: imaginó, con razón, que había puesto cara de tonto.
– Porque con la ayuda de un hombre como usted, que tiene mundo y savoir faire, que sabe moverse, en razón de su oficio, por las más diversas esferas sociales, que sin duda dominará varios idiomas, que está acostumbrado a viajar, es posible que logre recuperar la imagen. Le digo más: porque no necesito a la Policía para saber quién me la ha robado.
– ¿Lo sabe usted? -Lorencito procuró no quedarse con la boca abierta y los ojos fijos para no malograr la idea halagadora, aunque desconcertante, que don Sebastián Guadalimar tenía de él. Leía sus artículos, sin duda, estaba al tanto de su obra. Casi se olvidó él mismo de que no habla idiomas, salvo alguna rudimentaria noción de francés, y que no había salido de la ciudad más de tres veces en su vida.
– Cómo no voy a saberlo, -don Sebastián Guadalimar hizo un gesto como de desgana, dejando que le cayera un poco el labio inferior, y puso el peluquín ante la cara de Lorencito, que dio un leve repullo, porque un rizo le había cosquilleado la nariz. Era un peluquín de pelo negro, azulado, sintético, casi una peluca de mujer, recogido hacia adentro, con una especie de caracolillo en la parte que debía corresponder a la frente. La mano derecha de don Sebastián, enfundada en el peluquín, parecía una cara encogida y más bien repugnante. Don Sebastián, que pronuncia todas las eses, aunque ha pasado casi toda su vida en nuestra ciudad, hablaba en un murmullo eclesiástico, que se difundía por las oquedades de la iglesia en penumbra como un rumor de confesión-. Este peluquín sólo puede pertenecer a una persona. Alguien a quien usted conoce igual que yo. Un sinvergüenza (la voz de don Sebastián se volvía gradualmente más alta, aunque apenas separaba los dientes, que casi chirriaban), un sepulcro blanqueado, un falso cristiano, un enemigo visceral de nuestra cofradía, un…
