
– Le habla don Sebastián Guadalimar, -al oír ese nombre a Lorencito Quesada se le atragantó lo que él llama con propiedad el bolo alimenticio. Llevaba años queriendo entrevistar para Singladura al respetado prócer, sin lograrlo nunca: ahora, inopinadamente, el prócer lo llamaba por teléfono, a su misma casa, como se llama a un amigo, sin reparar en lo tardío de la hora, ni tampoco en las abismales diferencias de posición social. Quiso balbucear un cumplido, y la densa mezcla de huevo, pan y vino quinado se lo impidió. En cualquier caso, no hubiera tenido tiempo de decir nada: la voz untuosa, aunque autoritaria, de don Sebastián Guadalimar pronunció unas palabras que contenían una orden inapelable y luego la comunicación se interrumpió. No era un hombre, contaría luego Lorencito, acostumbrado a que no se le obedeciera, o a que se discutieran sus palabras. Le dijo: “Venga a verme a las once a la sacristía de nuestra capilla”, y en seguida colgó. También había dicho algo sobre la discreción absoluta que esperaba de él.
Ya no pudo cenar. Ni siquiera terminó su copa de quina San Clemente ni los residuos del huevo pasado por agua, que habitualmente buscaba hasta el fondo del vaso con la ayuda de una cucharilla en la que estaban inscritas sus iniciales. El dolor de los pies, la expectativa de una cena suculenta, la somnolencia dulce, la fatiga de haber pasado tantas horas en pie detrás de un mostrador midiendo varas de tejido y frotándose las manos mientras una mujer gorda e indecisa dudaba si comprar o no el género, habían desaparecido como por arte de magia, pensó después que escribiría cuando se decidiera a contarlo todo. Por fortuna, su madre, adormilada o absorta en la telenovela, no le preguntó quién había llamado, y él estaba tan excitado que ni reparó en la necesidad de inventar un pretexto para salir tan tarde a la calle.
