
A las diez menos cuarto ya estaba tan pertrechado como un explorador, como un reportero a punto de emprender viaje hacia un conflicto bélico: descartó el abrigo oscuro en beneficio de la cazadora de ante, por parecerle que esta prenda se correspondía más con el dinamismo periodístico, no se atrevió a ponerse una audaz corbata de cuero que su madre reprobaba, comprobó que el Sanyo tenía pilas nuevas y que se encendía el pilotito rojo de la grabación, dijo “probando, sí, probando” y rebobinó la cinta para asegurarse de que la voz de don Sebastián quedaría registrada, notando de paso que la suya tenía peligrosos agudos, por culpa de los nervios, guardó el bloc y el bolígrafo en uno de los dos bolsillos superiores y luego, cuando se disponía a salir (había resuelto decirle a su madre que se ausentaba para una convivencia de la Adoración Nocturna), se palpó todos los bolsillos y descubrió con horror que ya olvidaba el cassette sobre la mesa de noche, y que además era inútil que se atosigara con la urgencia, porque aún no habían dado las diez y le faltaba una hora de duración intolerable para acudir a aquella cita que él ya había calificado de enigmática, imaginando de antemano el modo en que la contaría en un reportaje a doble página de Singladura o quién sabe si en unas Memorias que sólo en su vejez se decidiría a escribir y en las que revelaría algunos de los secretos más antiguos y mejor guardados de la ciudad.
Pero ahora se encontraba delante de don Sebastián Guadalimar y no se atrevía a hablarle por miedo a que le temblara la voz.
