La sacristía, esa joya de nuestra arquitectura del Renacimiento, permanecía en penumbra, alumbrada tan sólo no por los candelabros que habría preferido Lorencito, de cara a la ambientación de su reportaje futuro, sino por un flexo situado sobre el aparador de las vestiduras litúrgicas. Don Sebastián Guadalimar estaba muy pálido, con sus ojos de águila enrojecidos en los lagrimales, sin aquel pañuelo de seda natural que llevaba siempre al cuello: Lorencito advirtió, además, que entre los olores eclesiásticos propios del lugar flotaba como un residuo de aliento alcohólico. Pensó: “Este hombre es víctima de circunstancias dolorosas, y recurre a mí en petición de ayuda”. Por una vez, la realidad pareció obedecer a sus imaginaciones.

– Querido amigo, -dijo don Sebastián-, me he permitido abusar de usted porque no creo que haya en la ciudad nadie más que pueda ayudarme.

A Lorencito Quesada lo embargó la emoción: ya no le importaba la ansiada entrevista, y ni siquiera la gloria periodística o la consideración social, sino las tribulaciones de aquel hombre noble y magnánimo que recurría a él en su desesperación.

– Pídame lo que quiera, don Sebastián, que si está en mi mano yo sabré ayudarle, en la medida de mis pobres fuerzas, con mi modesta pluma…

Don Sebastián, con los ojos brillantes, se acercó a él en la penumbra y le apretó ferozmente el brazo con sus dedos de garra.

– Nos han robado, amigo mío, -dijo, con la voz sorda y rota, como de no haber dormido en muchas noches-. Nos han robado la imagen del Santo Cristo de la Greña.

Capítulo II

El peluquín comprometedor

Sin aflojar la dolorosa presión de sus dedos sobre el brazo de Lorencito Quesada, don Sebastián Guadalimar lo guió por un pequeño corredor abovedado hacia la nave de la iglesia. En la oscuridad se le oía respirar muy afanosamente, por la nariz, porque mantenía los labios apretados en un rictus de dolor.



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