– Una tragedia, amigo mío, una dèbâcle -don Sebastián permanecía inmóvil delante de la capilla, mirando hacia el trono, todavía del brazo de Lorencito Quesada, como desfallecido-. Algo peor: un escándalo. Calcule en qué lugar quedará la honra de mi casa si se descubre que la imagen ha sido robada. Faltan menos de tres semanas para Domingo de Ramos. Imagine que llega el Jueves Santo y que nuestra procesión no puede salir con la primera luz del día, según es costumbre secular, ab urbe condita, por citar al excelso Tito Livio, al que usted, sin duda, igual que yo, venerará en el altar de sus preferencias. Por supuesto, nadie más que usted está al tanto de esta terrible desgracia. Ni siquiera con mi mujer, la condesa, me he atrevido a sincerarme. Usted la conoce: una noticia así la mataría. La imagen fue robada anoche. Los ladrones forzaron la puerta sur, que tenía los cerrojos podridos de herrumbre. Afortunadamente, la iglesia, por privilegio papal, como usted sabe, no se abre al culto regular. He pensado publicar una nota en Singladura -con su inestimable mediación, desde luego- anunciando que la imagen se retira temporalmente al objeto de restaurarla de cara a las solemnidades de Semana Santa. Pero lo cierto, mi joven amigo, -permítame que me atreva a llamarlo así, que me reclame de su amistad en estas horas de aflicción-, es que estoy desesperado, al filo del abismo, qué sé yo, de cometer una locura.

A Lorencito Quesada se le empañaron los ojos de lágrimas: don Sebastián era un amigo, lo elegía como su único confidente, le suponía una envidiable familiaridad con las costumbres y el carácter de la condesa y, con la lengua latina, le agradecía de antemano sus buenos oficios ante la dirección de Singladura, rogándole, -con magistral delicadeza, todo había que decirlo-, que mediara en el nada fácil asunto de la publicación de una nota.



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