– Pídame lo que quiera, don Sebastián, -se volvió hacia él y se atrevió a ponerle una mano en el hombro, en la seda tibia y bordada de su batín. Pensó que parecía, tan afilado y pálido, una figura del Greco, ese pintor que hacía los santos alargados por culpa de un defecto de la vista-. Yo haré lo que sea, por usted, por su casa y por Mágina -(había observado con admiración que don Sebastián Guadalimar decía algunas palabras como si las pronunciara con mayúsculas)-. ¿Sospecha usted de alguien? ¿Ha encontrado alguna huella de los ladrones? Piense que con los adelantos actuales de la criminología cualquier detalle, un solo cabello, puede significar una pista.

– Un solo cabello, no, -suspiró don Sebastián, y se inclinó para recoger algo que estaba oculto bajo el faldón de terciopelo del trono. Lo sacudió con asco, echó hacia atrás la cabeza y se lo mostró a Lorencito, que se acordó al verlo de la cabellera del evangelizador martirizado-. Un peluquín entero. Estaba aquí mismo, al pie del trono. Uno de los ladrones lo debió de perder mientras desmontaba la imagen.

– ¡No lo toque! -Lorencito, que ha enviado algunos reportajes a El Caso, si bien hasta el presente no le han publicado ninguno, está muy familiarizado con los procedimientos forenses-. Una pequeña distracción puede destruir una prueba. Le aconsejo que lo ponga cuanto antes en manos de la Policía.

– Ni pensarlo, -don Sebastián alzó la barbilla, con ese gesto nobiliario que se ha hecho célebre en nuestra ciudad, y apartó el peluquín del alcance de Lorencito, como temiendo que fuera a arrebatárselo-. No me es posible acudir a la Policía. Sería el escándalo, la ruina. ¿Por qué cree que he recurrido a usted?



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