
– ¿Podemos entrar?
Las hice pasar al saloncito.
– ¿Es usted la esposa del señor Gregory Manning?
– Sí.
Lo escuché todo, me fijé en todo. Vi que la más joven miraba a la más veterana mientras ésta hablaba, y también advertí que tenía una carrera en las medias negras. La boca de la agente de más edad se abría y se cerraba, pero daba la impresión de que no estaba sincronizada con las palabras que pronunciaba, y tuve que hacer un esfuerzo por comprenderlas. El olor del risotto me llegó desde la cocina y recordé que no había apagado el fuego, así que se habría secado y echado a perder. Entonces caí en la cuenta, con un estupor anonadado, de que en realidad no importaba que se hubiera echado a perder: ya no iba a comérselo nadie. Detrás de mí oí que el viento lanzaba unas hojas secas contra el ventanal. En el exterior todo estaba oscuro. Oscuro y frío. Al cabo de unas semanas cambiarían la hora para el horario de invierno. Faltaban un par de meses para Navidad.
– Lo lamento mucho -dijo la agente-, su marido ha sufrido un accidente mortal.
– No lo entiendo.
Pero sí lo entendía. Las palabras eran claras. Accidente mortal. Tuve la sensación de que las piernas ya no me permitirían levantarme.
– ¿Necesita algo? ¿Un vaso de agua, quizá?
– Me estaba diciendo usted…
– El coche de su marido se ha salido de la carretera -anunció lenta y pacientemente.
La boca se le alargaba y se le acortaba.
– ¿Ha muerto?
– Lo lamento mucho -repitió-. La acompaño en el sentimiento.
– El coche se ha incendiado.
Era lo primero que decía la mujer más joven. Tenía un rostro relleno y pálido; se le notaba una leve mancha de rímel debajo de uno de los ojos castaños. Me pareció que llevaba lentillas.
– Señora Falkner, ¿entiende lo que le hemos dicho?
– Sí.
– No iba solo en el coche.
– ¿Perdón?
– Iba con otra persona. Una mujer. Creíamos… bueno, creíamos que tal vez fuera usted.
