
La miré sin decir nada. ¿Esperaba que yo identificase a esa mujer?
– ¿Sabe quién podría ser?
– Yo estaba preparando la cena. A estas horas él ya tendría que estar en casa.
– Hablo de la acompañante de su marido.
– No lo sé. -Me froté la cara-. ¿No llevaba un bolso ni nada parecido?
– No han podido sacar gran cosa. Por el incendio.
Me llevé la mano al pecho y noté los latidos desbocados de mi corazón.
– ¿Están seguras de que era Greg? Puede tratarse de un error.
– El coche era un Citroen Saxo de color rojo -repuso. Consultó la libreta y leyó la matrícula en voz alta-. ¿Su esposo es el propietario de ese vehículo?
– Sí -respondí. Me costaba hablar de forma inteligible-. A lo mejor era alguien del trabajo. A veces los llevaba a algún sitio cuando iba a ver a un cliente. Tania.
Mientras hablaba, me di cuenta de que no lograba que me importara la posibilidad de que Tania también hubiera muerto. Sabía que, más tarde, eso me haría sentir culpable.
– ¿Tania?
– Tania Lott. De la oficina.
– ¿Tiene el número de teléfono de su casa?
Reflexioné durante un instante. Seguramente estaba en el móvil de Greg, que él se había llevado. Tragué saliva con dificultad.
– Creo que no. Es posible que lo tenga por algún lado. ¿Quieren que lo busque? -Ya lo averiguaremos.
– No quiero que piensen que soy una maleducada, pero ahora les rogaría que se marchasen.
– ¿Tiene alguien a quien llamar? ¿Un familiar o un amigo?
– ¿Qué?
– No debería estar sola.
– Quiero estar sola -les espeté.
– Quizá le haga bien hablar con alguien.
La mujer más joven se sacó un folleto del bolsillo; se lo debía de haber guardado allí antes de salir de comisaría. Todo estaba preparado. Me pregunté cuántas veces harían aquello al cabo del año. Debían de estar acostumbradas a eso, a aparecer en la puerta de las casas, hiciera el tiempo que hiciese, con un gesto de compasión en el rostro.
