
En el tercer edificio importante, más pequeño que los otros dos y que, antes, había estado ocupado por el lagar y servido igualmente de bodega, había ordenado que me tuviesen dispuesto un taller de carpintería completo. Si no a componer música sí, al menos, quería dedicar mis días a construir instrumentos musicales, cellos, violines, contrabajos; incluso, y acaso sin saberlo de una forma definitiva, tenía la extraña intención de construir reproducciones de los que están en actitud de tañer los ancianos del Pórtico de la Gloria. Ya que no me era dado componer ni interpretar la música, quería construir los recintos de los que ella pudiera surgir.
Al menos eso era lo que yo quería reconocer en mi intención inicial, pero lo cierto es que se debiera, más probablemente, a un cierto afán, no sé si ingenuo, de disciplinar mis movimientos, de someter mi cuerpo a un rigor producto de la ocupación manual o, lo que es lo mismo, a creer que así sobreviviría más tiempo. Como si eso fuese tan importante.
Observé todo dispuesto en el interior del recinto, a través de una de las ventanas, sin decidirme a entrar, pues quería ir a recoger el resto del equipaje. En ese momento sentí el ruido que hacía al elevarse el portalón existente entre la casa del servicio y la mía, el que da acceso al jardín en el que nacen las hiedras que trepan a los huecos abiertos de las ventanas; al jardín desde el que trepa la buganvilla que va hasta el recinto de entrada.
Eran los criados. Los dejé que entrasen con la furgoneta y que cerrasen la puerta exterior, antes de hacer del todo evidente mi presencia; presencia que ellos ya habrían podido adivinar por la del coche aparcado delante de la casa. Así lo hicieron, entraron, pero ya con los gestos nerviosos y apresurados de quienes se saben objeto de una más que posible observación.
