Cuando desperté habían pasado muchas horas, tantas como para que uno de mis primeros movimientos conscientes fuese el de buscar a través de la ventana, brincando entre las flores rojas, al mirlo que habitaba en la camelia. Pero antes necesité desentumecerme; me había quedado frío, a pesar de que era indudable que la calefacción funcionara, al menos, durante gran parte de la noche, y necesitaba ahuyentar de mí la humedad que me había penetrado hasta los huesos. Me incorporé del sillón con más optimismo del que, de tanta soledad, cabía esperar. El mirlo no ocupaba su lugar en mi ventana; y sin embargo la camelia lucía hermosa. Tenían sus hojas ese brillo especial que el amanecer les presta cuando la luz del sol incide, con intensidad levemente creciente, sobre la humedad que, en ellas, depositó el rocío.

El mirlo se había ido y mis fámulos no habían llegado. Lo hicieron un par de horas después de que yo me despertara, cuando ya había recorrido toda la casa, inspeccionado todas las dependencias y decidido algunos extremos concernientes a la distribución de los espacios, la colocación de algunos muebles y el uso debido de algunas pertenencias. Incluso había cogido alguna fruta de la nevera y calmado con ella el hambre que acusaba mi estómago, vacío desde el mediodía anterior.

Al contrario que una buena colección de música en reproducciones analógicas y digitales, lo que no había, ni hay, son muchos libros, ciertamente. Tendré que irlos comprando poco a poco hasta llenar las estanterías vacías. Tendré que ir llenando las paredes con más cuadros de los que vi en mi primer recorrido por la casa.

Al lado de la vivienda principal está la que es propiamente la Casa de la Santa. Llegué a ella, una vez que hube salido al jardín, enarbolando las llaves que encontré para abrir la puerta con cierto temor infantil que me conmovió e hizo sonreír.

Ya habían estado en ella y me agradó el orden y la limpieza que habían dejado. No encontré el olor que esperaba hallar ocupándolo todo y deduje que, donde la santa había reposado, era en la única habitación que permanecía vacía y toda ella blanca, sin ningún adorno en las paredes; tan sólo una hornacina en una de las exteriores, aprovechando un hueco que debió de ser, en algún tiempo, el que ocupaba una ventana.



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