
El mirlo se había ido y mis fámulos no habían llegado. Lo hicieron un par de horas después de que yo me despertara, cuando ya había recorrido toda la casa, inspeccionado todas las dependencias y decidido algunos extremos concernientes a la distribución de los espacios, la colocación de algunos muebles y el uso debido de algunas pertenencias. Incluso había cogido alguna fruta de la nevera y calmado con ella el hambre que acusaba mi estómago, vacío desde el mediodía anterior.
Al contrario que una buena colección de música en reproducciones analógicas y digitales, lo que no había, ni hay, son muchos libros, ciertamente. Tendré que irlos comprando poco a poco hasta llenar las estanterías vacías. Tendré que ir llenando las paredes con más cuadros de los que vi en mi primer recorrido por la casa.
Al lado de la vivienda principal está la que es propiamente la Casa de la Santa. Llegué a ella, una vez que hube salido al jardín, enarbolando las llaves que encontré para abrir la puerta con cierto temor infantil que me conmovió e hizo sonreír.
Ya habían estado en ella y me agradó el orden y la limpieza que habían dejado. No encontré el olor que esperaba hallar ocupándolo todo y deduje que, donde la santa había reposado, era en la única habitación que permanecía vacía y toda ella blanca, sin ningún adorno en las paredes; tan sólo una hornacina en una de las exteriores, aprovechando un hueco que debió de ser, en algún tiempo, el que ocupaba una ventana.
