
Es eso lo que opone este libro a sus novelas de ficción anteriores, de carácter más creativo, imaginario y tradicional. Aquí Deyanira Alarcón, famosa no sólo por su pluma sino por su belleza, aparece sola y desnuda, tanto en sus opiniones cuanto en sus peripecias. De ahí que sea inclasificable, precisamente por la intención no clasificable de su creadora. En su desordenado conjunto se despreocupa de la forma acostumbrada, de un fin lógico y perseguido, de una exposición respetuosa e incluso respetable. Se trata de una pesquisa personal, con avatares que suelen encubrirse o disfrazarse y con un lenguaje no siempre comedido. Todo sorprende aquí: las inusuales reflexiones, los pasos de una distracción forzosa, cierta procacidad, una relación o varias sobrevenidas y sorprendentes para ella misma también…
En definitiva, éste es un libro singular y curioso. Porque nunca quiso convertirse en un libro ni se escribió pensando en los lectores. Ni siquiera en ser leído por nadie. Asume el desahogo de su autora, que no volvió los ojos, a conciencia, sobre él. Acaso por eso habla con desdén de los Papeles de agua, que significan el acatamiento de un destino y sintetizan la actitud, la conciencia y casi la presciencia de quien lo cumple a ciegas. A pesar de todo lo dicho, o precisamente por ello, sin el lector no tendrían el más mínimo sentido. De ahí que lo editemos.
Con seguridad no debemos aclarar -o quizá fuese confundir- ningún otro supuesto. Salvo algo que, al final, nos corresponderá añadir.
