
Entonces, ¿para qué romperse las manos escribiendo? (La de veces que me habré preguntado por qué he escrito siempre a mano… Ninguna máquina, ni antigua ni moderna, me ha tentado.) ¿Para qué reprocharme a mí misma, como lo hago, no escribir ya? Si no he dejado nunca de escribir, o eso supongo… Lo que ocurre es que ahora estoy cansada, no de hacerlo sino de no hacerlo. Quizá mis antiguos lectores lo agradezcan, aunque a todo llega una a acostumbrarse… Estoy deprimida. Estoy aburrida. He corrido mucho durante un largo tiempo. O a mí se me ha hecho largo. Quizá esté agotada. O mejor, hasta los ovarios. Tengo gana de hablar sólo con los analfabetos; porque lo que oigan los leídos será otra vez literatura.
Me he venido -o me han traído- hasta aquí para estar sola. Para no hablar ni con el servicio, porque no lo necesito y ni siquiera conoce el español. Para hablar sólo un poco, muy poco, con algún transeúnte y preguntarle una dirección. En esta ciudad, donde la respuesta es siempre la misma: «Destra, sinistra, sinistra, destra, destra, sinistra e altra volta sinistra.» Los transeúntes son los que me hacen ahora compañía. He decidido (pero ¿lo he decidido yo de veras?) quedarme aquí para convencerme de qué innecesario es escribir. Sobre todo si se está convencida de que nadie va a leerte como debe, o como tú te crees que debe. O, mejor aún, de que nadie va a leerte en absoluto. O, mejor que mejor, de que van a tratar de aniquilarte: los grupitos contrarios, los enemigos ni siquiera terribles sino ruines, los envidiosillos que desean tacharte encogiéndose de hombros cuando te cita alguien.
No me asombra: siempre ha sido así. Con todos. Pasa hoy con Nietzsche y con quienes lo criticaron desde su aparente mismo nivel, como Mann o Canetti, que había previamente hundido a Mann: él sólo amaba a Demócrito, porque quedaba lejos.
