«Es asqueroso», concluía… Aunque yo esté de acuerdo con ella en una cosa: hay que cambiar el orden del mundo antes de que cambie de deseos. Los suyos, más que nada, eran la libertad sexual y toda su reata. Me parece muy bien. Por eso, cuando ella y su Jean-Paul, con su estrabismo tan divergente, fueron a Moscú no era tanto para besarle los bigotes a Stalin como para acostarse con Lena Zonina, una espléndida espía del KGB. Para acostarse ella más que él por descontado. Porque ella, tan rebelde de cama, era sumisa, doméstica, delicada y celosa fuera de la cama y dentro de la prisión dogmática del bisojo filósofo. Y a pesar de ello alardeaba de feminista, de independiente y pensadora. Nunca me atrajeron sus libros ni su vida. Una vez pensé que Tomás de Aquino pensaba en ella cuando definió a la mujer como un hombre frustrado: como era santo, quizá profetizaba. Una pena. La misma pena que no vale escribir. Por fortuna yo he dejado de hacerlo. Porque la palabra escritor me da unas veces risa y otras escalofríos.

Y no sé si lo he decidido o he sido obligada. Sea como sea, prefiero no escribir con tal de no hacerlo, por ejemplo, como lo hizo Borges, que nunca se atreve a chocar contra la piedra, sino que la reblandece para describirla mejor y a su manera, no a la de la piedra. Qué escasa valentía y cuánto engaño ajeno después del autoengaño. O lo mismo que Brecht, tan admirado en un momento, antes de que se supiera su opinión sobre lo que escribía: «¿Qué importa si la gente pasa hambre? ¿Es que la sacias cuando escribes teatro sobre el hambre? Hay que llegar arriba, hay que imponerse, hay que tener un teatro, hay que representar al público las propias obras. Y después ya veremos.» Sí, cierto: después ya lo hemos visto. Todo es una descomunal letrina, donde los propios excrementos no se distinguen de los de otros. Porque la mayor parte hemos dicho, antes de abrir la boca, más de lo que teníamos que decir. De ahí que yo haya elegido cagar en mi retrete y tirar luego de la cadena.



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