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No es raro que alguien viaje a un sitio que ya conocía y sin embargo le parezca otro, tal vez porque escogió una compañía diferente, o porque viaja en un momento distinto de su vida. Así también ocurre, me parece, cuando se abre la puerta de Los parentescos. Lectores y lectoras, críticas y críticos, profesores y profesoras habrán reconocido en esta novela el idioma de la literatura de Carmen Martín Gaite, y lo habrán hecho con justicia pues aquí están, en efecto, sus personajes de carácter peculiar, a menudo pensativos; está la estructura que en algo evoca la estructura clásica del cuento de hadas; están los misterios familiares que han de ser desentrañados, las reflexiones sobre el arte de contar historias imbricándose en la propia historia; está una nueva casa zurriburri, el sentido del humor y ese libro de conjuros para la vida compuesto de situaciones, expresiones y actitudes que el lector puede adoptar a modo de amuleto. Conocemos la literatura de Carmen Martín Gaite, pero cabría decir que, siendo la misma, es otra la voz que nos acompaña en Los parentescos y algo nos estremece como si fuera extraño, habitaciones que nunca abrimos, senderos por donde nunca nos adentramos.
Si intentásemos ver lo que pasa en la novela desde arriba o en el curso del tiempo, creo que tendríamos la impresión de estar viendo doble, de ver lo que termina y lo que empieza, pues veríamos una casa que se desmorona y, a la vez, en el mismo espacio, veríamos una luz que empieza a alentar, que tiembla como la luz de los faroles cuando acaban de encenderlos, que pasa del naranja al blanco y alumbra por más piedras y vigas y tabiques que rueden a sus pies.
