Cuando digo casa que se desmorona no me refiero a un edificio, sino al conjunto de relaciones, presencias y visitas que constituyen una casa. Veríamos una casa que pierde primero la piedra angular de la vida burguesa, el servicio, y pierde luego su asentamiento físico y va errando de piso en piso. Una casa habitada por seres luminosos que pierden su claridad: Max-flash se apaga cuando crece «porque lo turbio hace dudar del sol», Lola roza la amargura con los años, la madre vive sin vivir en ella, los relámpagos de verdad que había en Pedro dejan de tener sitio, el padre manotea sin ruido como si le estuviera haciendo señas a un barco fantasma, se van los vecinos de arriba, se condena la puerta secreta, la prima Olalla no ha vuelto y Baltasar es un adolescente «hijo de papá», uno más, que cuenta sólo con algunas palabras y una libélula medio rota para no disgregarse también.

Si miramos la historia desde lejos eso es lo que veremos, la muerte en vida, como en el título de aquel texto de Vaneigem: «Aviso a los vivos sobre la muerte que los gobierna». No obstante, cuando nos acercamos un poco más, vemos latir la fuente de luz. «Fu, fu, mucha calma», dice la libélula.

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En un coloquio que tuvo lugar hace ya varios años en la librería madrileña El Buscón, alguien del público preguntó a Carmen Martín Gaite por la ira, «la ira del nudo» fue la expresión utilizada en alusión al momento en que, cosiendo, el hilo se hace un nudo sin haberlo querido, el momento en que ocurre algo de lo que no somos responsables directos pero sí indirectos y lo sucedido nos atranca el pecho y nos obliga a romper, a cortar o a comenzar de nuevo. Qué hacían sus personajes cuando les sobrevenía la ira del nudo, le preguntaron a Carmen Martín Gaite, pues ella apenas los mostraba en esa situación.



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