
– ¿Otro bar?
– Necesitamos hacer por lo menos un poquito de calentamiento -me provoca. Hago como si oyera cosas de ésas todo el tiempo. No la engaño ni por un momento. ¡Dios, adoro América!-. Además -añade-, éste es un buen sitio… nadie lo conoce.
– ¿Así que realmente podremos estar un poquito en privado?
Instintivamente, observo por el retrovisor. El Chevy Suburban negro que salió detrás de nosotros por la verja de la Casa Blanca y ha estado ahí en cada una de las etapas posteriores, continúa justo detrás. El Servicio Secreto nunca abandona.
– No te preocupes por ellos -dice Nora-. No saben lo que viene ahora.
Antes de que pueda preguntarle qué quiere decir, veo a un hombre con unos caquis que está junto a la entrada lateral del Tequila Mockingbird. Nos señala una plaza de parking reservada y nos indica que nos acerquemos a él. Antes incluso de que apriete el botón que lleva en la mano y susurre algo en el cuello de su polo que-lucha-por-parecer-informal, ya sé quién es. Servicio Secreto. Lo que significa que no tenemos que hacer la larga cola de entrada: él nos meterá por el lateral. No es un mal sistema para ir de bares, si quieren mi opinión. Naturalmente, Nora lo ve de otro modo.
– ¿Preparado para aguarles la fiesta? -me pregunta.
Asiento con la cabeza, no muy seguro de qué está tramando, pero sin poder reprimir la sonrisa. La Primera Hija, y quiero decir la Primera Hija, está sentada a mi lado, en mi propio cacharro desvencijado, pidiéndome que baile el limbo y pase por debajo del palo con ella. Casi puedo saborear ya la salsa.
En cuanto establecemos contacto ocular con el agente que está en el exterior del Mockingbird, Nora pasa de largo y pone rumbo a una discoteca situada a media manzana de allí. Me doy la vuelta y compruebo la expresión del agente. No le ha hecho gracia. Logro leer sus labios desde aquí. «Sombra se marcha», le gruñe a su cuello.
