– ¿Esto es lo que te gusta? -pregunta Nora-. ¿Las tertulias?

– Es por el trabajo. -Señalo el salpicadero y, con la esperanza de estar en la onda, añado-: La última es de música.

Me toma la palabra y aprieta el último botoncito. Más tertulia.-¿Siempre eres así de previsible? -me pregunta.

– Sólo cuando…

Antes de que pueda terminar la frase, el chirrido de una guitarra eléctrica me perfora el tímpano. Ha encontrado lo que le gusta.

Repiquetea con los pulgares en el volante y lleva el ritmo con la cabeza. Se la ve totalmente viva.

– ¿Esto es lo que te gusta a ti? -le grito por encima del estruendo-. ¿Radio basura?

– Es la única forma de mantenerse joven -dice con una sonrisa.

Me está machacando los nervios y le encanta. Con veintidós años, Nora Hartson es lista y un poco demasiado confiada. Sabe que soy consciente de la diferencia de edad entre nosotros, y lo sabe desde el mismo momento en que le dije que yo tenía veintinueve. Aunque no le importaba.

– ¿Crees que eso me va a asustar? -pregunté.

– Si te asustas, eres tú él que se equivoca.

Ahí la cacé. Necesitaba ese reto. El sexual sobre todo. Para ella las cosas habían sido demasiado fáciles durante demasiado tiempo. Y sabe perfectamente que no es divertido conseguir siempre lo que quieres. La cuestión es que probablemente eso le pasará toda la vida. Tiene ese poder, para lo bueno o para lo malo. Nora es atractiva, interesante y absolutamente cautivadora. También es la hija del Presidente de los Estados Unidos.

Pero, como ya he dicho, a mí no me asusta el poder.

El coche se dirige hacia Dupont Circle y echo una mirada a mi reloj preguntándome cuándo acabará esta nuestra primera cita. Son ya las once y cuarto, pero Nora parece que acabe de empezar. Nos paramos en un sitio que se llama Tequila Mockingbird. Alzo los ojos al cielo.



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