
Bajo este mismo techo había trabado yo conocimiento con los percutores elementales, troncos ahuecados, litófonos, quijadas de bestias, zumbadores y tobilleras, que el hombre hiciera sonar en los largos primeros días de su salida a un planeta todavía erizado de osamentas gigantescas, al emprender un camino que lo conduciría a la Misa del Papa Marcelo y El Arte de la Fuga. Impelido por esa forma peculiar de la pereza que consiste en darse con briosa energía a tareas que no son precisamente las que debieran ocuparnos, me apasioné por los métodos de clasificación y el estudio morfológico de esas obras de la madera, del barro cocido, del cobre de calderería, de la caña hueca, de la tripa y de la piel de chivo, madres de modos de producir sonidos que perduran, con milenaria vigencia, bajo el prodigioso barniz de los factores de Cremona o en el suntuoso caramillo teológico del órgano. Inconforme con las ideas generalmente sustentadas acerca del origen de la música, yo había empezado a elaborar una ingeniosa teoría que explicaba el nacimiento de la expresión rítmica primordial por el afán de remedar el paso de los animales o el canto de las aves.
