Si teníamos en cuenta que las primeras representaciones de renos y de bisontes, pintados en las paredes de las cavernas, se debían a un mágico ardid de caza -el hacerse dueño de la presa por la previa posesión de su imagen-, no andaba muy desacertado en mi creencia de que los ritmos elementales fueran los del trote, el galope, el salto, el gorjeo y el trino, buscados por la mano sobre un cuerpo resonante, o por el aliento, en la oquedad de los juncos.

Ahora me sentía casi colérico frente al disco que giraba al pensar que mi ingeniosa -y tal vez cierta – teoría se relegaba, como tantas otras cosas, a un desván de sueños que la época, con sus cotidianas tiranías, no me permitía realizar. De pronto, un gesto levanta el diafragma del surco. Deja de cantar el ave de barro. Y se produce lo que yo más temía: el Curador, acorralándome afectuosamente en un rincón, me pregunta por el estado de mis trabajos, advirtiéndome que dispone de mucho tiempo para escucharme y discutir. Quiere saber de mis búsquedas, conocer mis nuevos métodos de investigación, examinar mis conclusiones acerca del origen de la música -tal como pensé buscarlo alguna vez, a base de mi ingenios? teoría del mimetismo-mágico-rítmico -. Ante la imposibilidad de escapar, empiezo a mentirle, inventando escollos que hubieran diferido la elaboración de mi obra. Pero, por falta de hábito en su uso, es evidente que cometo risibles errores en el manejo de los términos técnicos, enredo las clasificaciones, no doy con los datos esenciales que, sin embargo, tenía por muy sabidos. Trato de apoyarme en bibliografías, para enterarme -por irónica rectificación de quien me escucha- de que ya están desechadas por los especialistas. Y cuando me voy a asir de la supuesta necesidad de reunir ciertos cantos de primitivos recién grabados por exploradores, me parece que mi voz me es devuelta con tales resonancias de mentira por el cobre de los gongs, que me varo sin remedio, en la mitad de una frase, sobre el olvido inexcusable de una desinencia organológica.



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