
«Traemos una sorpresa», anunció mi amiga, riendo. Y pronto quedó montado el proyector con la copia de la película presentada la víspera, cuya calurosa aceptación había determinado el comienzo inmediato de mis vacaciones. Ahora, apagadas las luces, renacían las imágenes ante mis ojos: la pesca del atún, con el ritmo admirable de las almadrabas y el exasperado hervor de los peces cercados por barcas negras; las lampreas asomadas a las oquedades de sus torres de roca; el envolvente desperezo del pulpo; la llegada de las anguilas y el vasto viñedo cobrizo del Mar de los Sargazos. Y luego, aquellas naturalezas muertas de caracoles y anzuelos, la selva de corales y la alucinante batalla de los crustáceos, tan hábilmente agrandada, que las langostas parecían espantables dragones acorazados. Habíamos trabajado bien. Volvían a sonar los mejores momentos de la partitura, con sus líquidos arpegios de celesta, los portamenti fluidos del Martenot, el oleaje de las arpas y el desenfreno de xilófono, piano y percusión, durante la secuencia del combate. Aquello había costado tres meses de discusiones, perplejidades, experimentos y enojos, pero el resultado era sorprendente. El texto mismo, escrito por un joven poeta, en colaboración con un oceanógrafo, bajo la vigilancia de los especialistas de nuestra empresa, era digno de figurar en una antología del género.
Y en cuanto al montaje y la supervisión musical, no hallaba crítica que hacerme a mí mismo. «Una obra maestra», decía Mouche en la oscuridad. «Una obra maestra», coreaban los demás. Al encenderse las luces, todos me congratularon pidiendo que se pasara nuevamente el film. Y después de la segunda proyección, como llegaban invitados, se me rogó por una tercera.
